LA IMPORTANCIA DE SER UNO MISMO
Sí. Lo admito. Suena a título de libro de autoayuda, o a frase típicamente pronunciada en casi cualquier contexto cuando no se nos ocurre nada más profundo que decir. Pero considero importante comenzar con esta frase para hablar de una realidad hermosa y dolorosa a la vez: la relación complicada entre sociedad e individuo.
Lo explicaré de forma sencilla con un ejemplo: hasta los 20 años no fui yo mismo, sino un reflejo de lo que la sociedad (entorno familiar, amigos, profesores…etc) quería que fuese. Suena duro e incluso disparatado, pero es la realidad. Y es mi propia experiencia personal la que pretendo transmitir, para que cada uno extraiga las conclusiones que quiera y, a ser posible, reconozca también ciertos patrones en su propia vida.
Los que me conocen desde hace tiempo, o me conocieron en mi infancia, saben que fui un niño extrovertido y curioso; aprendí a hablar, a leer y a escribir casi tan rápido como a andar. Siendo muy pequeño ya leía muchos libros, y mantenía conversaciones con adultos sin sentirme incómodo. Puedo decir que, hasta que entré en el colegio (y pese a no tener plena consciencia de mí mismo) me comporté como mis instintos me impulsaban a ser.
Pero el primer momento determinante en mi vida, igual que en la de muchos otros niños, fue la entrada en la escuela. Dejando aparte motivos familiares (no soy el primero que tiene padres estrictos), me incorporé con ilusión y curiosidad infinitas, y relacionándome con normalidad con todo el mundo. Y estos sentimientos me duraron un año. El ataque vino por varios frentes:
- Muchas veces me aburría en clase, tanto por la forma de impartirlas como por los contenidos que nos enseñaban. Me interesaban ciertos temas, pero a veces notaba que avanzábamos muy lentamente, o que había cosas que me costaba memorizar porque no me interesaban. Ello contribuyó a que me distrajese con facilidad, aunque mis notas en general siempre fueron buenas y a veces sobresalientes.
- Con mis compañeros, solía sentirme fuera de lugar; aunque tuve amigos, me costaba integrarme. No compartía las inquietudes y la forma de pensar de muchos de mis compañeros; no me preocupaban demasiado aspectos como la ropa o las fiestas (reconozco que era bastante extravagante en el tema de la ropa), lo cual me consiguió el rechazo involuntario de gran parte de los que me rodeaban por percibirme como alguien raro y diferente.
- Debido a que mis padres no frecuentaban mucho el ambiente académico (cosa que ahora agradezco) tampoco me sentí nunca demasiado apegado al colegio en sí. Tuve profesores muy buenos, e incluso algunos hicieron ademán de preocuparse por mí. Pero el mal ya estaba hecho, y yo ya me encontraba aislado y encerrado en mí mismo. No quería, por vergüenza y por rabia, reconocer lo que me ocurría.
Y así fue como el pequeño y extrovertido Ricardo se convirtió en un niño apocado, pensativo, despistado, triste y lleno de dudas y misterios. Comencé a volverme nervioso, me costaba horrores decidirme, y empecé a llenarme de complejos por temor a las reacciones de los demás. En mi casa y entre mi familia era más o menos el chaval de siempre, con las típicas fases de niño y adolescente; pero fuera de ella me convertía en alguien distinto y desdichado, que estaba deseando despertar cada mañana en otro mundo donde todo fuese distinto. Nunca fui proclive a llorar, pero en mi cabeza lloraba todos los días. No entendía, en mi ignorancia infantil, por qué la gente no me aceptaba: ¿Porque era listo? Nunca fui el más inteligente de la clase. Y entonces, dentro de una depresión permanente con varios momentos de alegría y diversión, transcurrió mi infancia. Otro tópico consiste en decir: no volvería atrás ni cambiaría nada. Pues yo sí. Muchas cosas. Casi todo. No pude disfrutar de casi ninguna de las cosas que habitualmente hacen y tienen los niños, entre otras cosas por mi personalidad y mis problemas. Con mis amigos, tampoco iba muy bien. Alguno todavía lo sigue siendo, pero con la mayoría las cosas no funcionaron. Me creé la ilusión de estar solo, y ello me condujo a estarlo de verdad, y a buscar desesperadamente la amistad de cualquier persona, aunque no lo mereciese ni tuviésemos nada en común.
Y entonces un “brillante” día, durante la ESO, en el que me levanté especialmente creativo me dije: Va, Ricardo. Todo te pasa porque eres raro, tus padres también han contribuido a que seas un bicho extraño y un empollón. Deja de hacerte el listo, leer libros para adultos y tener aficiones frikis. Tienes que parecerte a los demás para que te acepten, o si no siempre serás un monstruito. Más vale ser como esperan que seas y estar integrado, que seguir como hasta ahora. De este diagnóstico erróneo del que ahora me arrepiento, sin embargo, vinieron cosas buenas: algún amigo que todavía conservo, y ciertas aficiones como la música. No obstante, a cambio de un mayor reconocimiento entre la gente, renuncié a mis gustos intelectuales y a mi personalidad.
Dejé de interesarme por las ciencias (física, química, biología) y por las matemáticas, que como consecuencia de ello se me antojaron complicadas e inútiles; y tuve que empezar un proceso casi de sociólogo, analizando el comportamiento de la gente que me rodeaba y obligándome a actuar igual que ellos (lo cual me dio muchos problemas, porque había formas de ser que no eran compatibles conmigo). Me esforcé por ocultar y enterrar en el ataúd de mi subconsciente aspectos de mi personalidad que pudiesen ser distintos del pensamiento y de la cultura social de mi entorno, y dejé de ser yo mismo. Así llegué a la universidad; eligiendo una carrera por inercia y esforzándome por no destacar, por no parecer un empollón, por esconder lo que quedaba de mis gustos “frikis”. Me hice dependiente, casi adicto, a la aceptación de los demás.
Y fue a mitad de carrera, de ADE y Derecho, cuando todo cambió. Gracias a algunos profesores, a personajes públicos como científicos y periodistas y a amigos que espero conservar toda la vida, vislumbré la realidad. Seguía sin encajar en mi entorno, pese a mis esfuerzos, porque no era yo mismo. Decidí olvidarme de lo que pensaran los demás, actuar como mis instintos y mi pensamiento verdadero me ordenaban; pasé de conservador a libertario, de medio pijo a friki orgulloso, de vergonzoso y dubitativo a asertivo y seguro: en resumen, volví a ser el Ricardo niño. El Ricardo que, sin ser mejor ni peor que nadie, se sentía feliz y orgulloso de ser como era, y que solo cambiaría lo que a él, y no a otros, no le gustaba de sí mismo. Tengo mis defectos, como es lógico, pero me siento muy contento porque por fin, con 21 años, soy de verdad quien debo ser.
Y con esta extensa autobiografía he pretendido ilustrar una premisa de la que estoy totalmente convencido: la sociedad en la que vivimos, el sistema educativo que sufrimos, crea en algunos casos niños mediocres y alienados, como cáscaras vacías, que ven pasar su vida esperando el momento en el que puedan quitarse la máscara (Ricardo de la ESO); o bien crea niños tristes y solitarios, que o bien terminan suicidándose por no poder soportar el dolor (he conocido de primera mano casos reales), o pasan a la fase Ricardo de la ESO; o siguen viviendo fieles a sí mismo pero como apestados, como parias sociales despreciados por ser diferentes. Reflexionemos, más allá de ideologías y clases sociales, en lo que con nuestros actos estamos haciendo, y analicemos el dolor y la frustración que estamos causando a estos pobres niños castrados social y emocionalmente. Yo he sido capaz de recapacitar y ver más allá de mis narices, pero mucha gente no puede por miedo a la exclusión. Incluso se ha fusionado con su máscara, y ya no recuerda cómo era de verdad; se resigna, y llama ilusos y holgazanes a los que pensamos de otra manera. Pensemos, repito, y sobre todo seamos nosotros mismos. O nunca seremos felices.
