NO ES ESTO
La abdicación de Juan Carlos I de Borbón ha suscitado varios debates, algunos de ellos más áridos que otros, sobre el funcionamiento e incluso la continuidad de la monarquía. Así que no había mejor excusa para retomar mi actividad bloggera comentando esta noticia, que hoy y durante mucho tiempo será tema predominante de discusión pública.
Antes de cualquier otra consideración, informo. Me declaro abiertamente republicano, por varios motivos: Por mis profundas convicciones democráticas; por mi amor por la libertad ; y por mi afán de concebir España como un país moderno y vanguardista, que creo debe adaptarse a las exigencias de los nuevos tiempos.Y es ésta ultima una de las razones principales que me impulsan a reivindicar esta forma de Estado para España.
La monarquía es y ha sido, históricamente, la modalidad de organización política clásica e inherente a la evolución del Estado, tan sólo interrumpida en su historia contemporánea por dos breves períodos republicanos, a cada cual mas desastroso y catastrófico (1873-1874 y 1931-1939). El carácter hereditario de ésta y su incuestionable aceptación y estima pública originaron que, incluso en períodos de extrema convulsión política europea o mundial (Guerra de los Treinta Años, la Primera Guerra Mundial...) España preservara aceptablemente la estabilidad institucional; requisito indispensable para el progreso económico y social de un país.
España ha sido, por un tanto, un país tradicionalmente monárquico. Como también, durante muchos siglos lo habían sido nuestros vecinos franceses. Todos, por tanto, republicanos o monárquicos, hemos de reconocer el servicio inestimable que la Corona, con sus despropósitos, sus defectos y sus representantes más o menos incompetentes, ha brindado al desarrollo de nuestra nación. No obstante, cometeríamos a mi juicio un grave error si nos obstináramos en mantener lo existente por el mero hecho de que 'siempre haya sido así'. Un rasgo que distingue a los países serios y democráticos de las dictaduras es que cuando así lo requiera el contexto político y social, sus estructuras organizativas y formas de gobierno han de actualizarse y ajustarse a los cambios que la ciudadanía mayoritariamente decida realizar.
La monarquía es, a todas luces, una institución que actualmente ha quedado desnaturalizada por la consolidación de la democracia en Europa, y que a mi juicio es incompatible con los mecanismos de elección libre y democrática de los representantes políticos que establece nuestro régimen constitucional. Si el Jefe del Estado ha de ejemplarizar con su conducta y su elección, no es posible que se imponga a los representantes del poder político su elección democrática; mientras que en la jefatura del Estado se mantienen criterios antagónicos y desfasados, que establecen la consanguinidad como medio de designación del máximo dirigente del poder político del Estado ;y la transmisión de la Corona a los herederos familiares, consagrando una concepción patrimonialista del Estado que ya comenzó a estar obsoleta a principios del siglo pasado.
Sin embargo, y al contrario que muchos radicales, aprendices de golpistas y antisistema variados, no creo necesario ni deseable operar este cambio institucional quebrantando el orden constitucional ni vulnerando la legalidad vigente.Si Adolfo Suárez pudo construir un sistema democrático respetando rigurosamente la legalidad franquista, podemos los españoles realizar una segunda transición democrática sin atentar contra nuestras normas de convivencia. La república no entiende de ideologías, ni de partidos, ni de populismos baratos de quita y pon. Es una simple y mera necesidad histórica, una realidad innegable que nos permitirá afianzarnos como una nación que, sin renunciar a su pasado, es consciente de que debemos adecuarnos a lo que nos impone el presente. Eso sí. O esto lo asumimos la mayoría, obviando esa mentalidad guerracivilista que tanto perjuicio y dolor ha causado a España y olvidando esa España de los 'rojos' y 'fachas' (mentalidad ridícula, pues está defendiendo a la república un servidor, liberal de derecha no conservadora) o más vale que nos quedemos como estamos. No sea que de nuevo tengamos que exclamar, ante el fracaso de una república que algunas ideologías reclaman como patrimonio propio, lo mismo que hizo Ortega y Gasset allá por 1931:"¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra."