sábado, 20 de junio de 2015


EL SOCIOLIBERALISMO









Lo sé. A algunos les puede resultar confuso este término. A otro les puede recordar a ese difuso sistema político actual de 'economía social de mercado', que trata de combinar las mejores virtudes de ambos sistemas (estatalismo y liberalismo) combinando sus virtudes pero también sus defectos. Pero quiero explicar, con un ejemplo muy actual, qué significado le atribuyo, en mi humilde opinión, a este concepto.

Las elecciones municipales y autonómicas, cuyos rescoldos todavía humean por los medios de comunicación, han supuesto un punto de inflexión indudable en nuestra historia democrática. Por primera vez en la historia un grupo político, Podemos (con el que tengo muchas diferencias ideológicas) ha conseguido aglutinar en su seno a una ciudadanía activa, comprometida y llena de esperanza. En lugar de prometer a los ciudadanos pan y circo, especulación inmobiliaria y turismo extranjero, como han venido haciendo los dos grandes partidos del régimen durante los últimos 37 años, se ha pedido a los ciudadanos que sean protagonistas de ese cambio. Y ello se ha manifestado a través de las denominadas 'plataformas ciudadanas', que a pesar de hallarse organizadas bajo la dirección de un líder político elegido por la cúpula de Podemos como los viejos partidos, se han esforzado en su gran mayoría para que los ciudadanos se sientan partícipes de ese cambio. Y esto, en lugar de desacreditarlo y considerarlo una estrategia populista (nadie ha habido más populista que PP y PSOE), lo veo como un acierto y una revolución en la manera de coordinar la participación política ciudadana.

Me defino, por si caben dudas. Soy liberal. Pero no un liberal de estos que se rasgan las vestiduras reivindicando el libre mercado y la propiedad privada mientras erigen muros inhumanos en Melilla y 'privatizan' propiedades estatales para entregárselas a sus amiguetes. Soy un liberal que considera la libertad, a todos los niveles (económica, social, cultural y política), junto a la vida, como los bienes más valiosos que poseemos los ciudadanos. El respeto a la vida, la libertad ajena y la integridad física, son las únicas restricciones naturales a la libertad individual y colectiva que contemplo. El resto de limitaciones deben ser pactadas y consensuadas, a través de un contrato privado entre la gente, y nunca impuestas desde un poder autoritario y opresor (llámese Estado, Unión Europea o Banco Central Europeo). 

Y sin embargo yo, un liberal que en ocasiones soy calificado como radical y cuasianarquista por estos liberales de pacotilla que sufrimos en España, me he sorprendido simpatizando más con estas plataformas ciudadanas afines a Podemos que con el PP o Ciudadanos. Y me explico.

Si analizamos los programas electorales, y en general los componentes ideológicos de cada ideología, los grandes bloques antagónicos en los que quieren encasillarnos presentan un afecto admirable pero insuficiente por la libertad. Partidos como el PP enuncian como esencial la libertad económica (fundamental para la consecución del progreso económico y social), aunque el actual gobierno la esté pisoteando salvajemente; pero no obstante un amplio sector de ese partido menosprecia ideologías contrapuestas a la suya, rechazan a los homosexuales y extranjeros y pretenden imponer a niños y adultos el idioma, la bandera y el himno. Es decir. Libertad económica (relativa), e intervencionismo social, político y cultural.

Por otro lado, desde la 'otra orilla' del poder, muchos de los partidarios de la socialdemocracia o del socialismo real, se posicionan a favor de la libertad sexual, de elección de trabajo, de identidad nacional, de organización política, igualdad de oportunidades para todos en el acceso a la educación, igualdad de sexos... (libertad política, social y cultural, aclaro que me refiero a este tipo de personas. No a los que reivindican el comunismo opresor, amigo encubierto del fascismo). Pero en cuanto tocamos el dinero, el aspecto económico, ay, se acabó la libertad. Llegan el dirigismo, el paternalismo, la imposición y el desprecio a la propiedad privada e incluso al libre comercio. Se cambia el respeto a la autonomía individual por la gestión coactiva de patrimonios privados por la administración forzosa y arbitraria de los políticos estatales. Es decir, libertad social, política y cultural, pero no económica.

Y luego queda la política social. Al contrario de lo que muchos socialistas creen muy equivocadamente, el liberalismo real no propugna que las personas que queden excluidas por el mercado libre y el capitalismo (un sistema imperfecto, recordémoslo) se mueran de hambre y tengan que trabajar de sol a sol percibiendo un salario de miseria sin derechos ni libertades. Nada de eso. Muy al contrario, consideramos que la única finalidad polìtica del Estado, que es subsidiaria frente al libre mercado que debe prevalecer, es facilitar que los excluidos por el sistema puedan incorporarse a él. Por lo tanto, favorecer que los pobres dejen de serlo. Pero no a través de subvenciones paupérrimas, de limosnas, otorgadas con dinero de todos; que la sanidad sea privada, pero que si alguien no puede pagarla, los impuestos (infinitamente más bajos que hoy en día) sirvan, voluntariamente (no impuestos coactivos o forzosos) para que se le entregue a esa persona un cheque sanitario: se le financia hasta que puedan, porque han podido ahorrar gracias a la reducida presión fiscal, no tener que depender de los demás y ser libres, que es una bendición para todos. Y dirán entonces usted, con buen criterio: ¿Impuestos voluntarios? ¿Y qué tonto los pagará entonces? Nuestra naturaleza egoísta, que el Estado reprime con su abuso de poder democrático, hará que nadie paguemos un duro y dejemos que los que no tengan nada o casi nada se suman en la miseria. Total, ellos se lo han buscado. Pues eso, señores, es FALSO. Acabemos ya con ese pensamiento único.

Primero, porque los seres humanos somos en general solidarios. Hay una proporción francamente reducida de individuos en el mundo, como constatan diversos estudios psiquiátricos, que no tienen empatía. ¿Están todos acaso escondidos en España? No lo creo. Sí creo que los ciudadanos tenemos conciencia colectiva, y tenemos compasión del que sufre. Hoy eres tú el que se arruina, mañana puedo ser yo. Ayudémonos todos. Pero la solidaridad es escasa hoy en día porque en su naturaleza está ser un sentimiento voluntario, y no impuesto por el poder estatal. ¿Si el Estado nos roba más de la mitad de nuestras rentas anuales para muchos gastos inútiles, de donde sacamos dinero además para ser solidarios voluntariamente? Pues sólo los filántropos, los misioneros, o los muy millonarios lo harán. El resto bastante tenemos con llegar a fin de mes y mantener a nuestras familias. Y así surgen el odio y el egoísmo: el odio de los pobres, porque no se ven del todo protegidos; y de los acomodados, porque se les pide un sacrificio inhumano e insostenible, para alimentar la voracidad del Estado que solo reparte miseria y apenas distribuye una limosna insuficientemente entre los marginados. Aparecen conceptos recurrentes como la lucha de clases, el odio racial, el enfrentamiento social. A los políticos conservadores, de distintas ideologías, que pretenden que todo siga igual, les interesa el conflicto social para que no acabemos con su dictadura burocrática y seamos los ciudadanos los que asumamos el control de nuestras propias vidas, empezando desde los ayuntamientos (base territorial de esta autonomía personal de la que hablo).

Y segundo, porque pese a que existan personas que pueden no querer sufragar estos impuestos voluntarios mínimos porque "allá se apañen los rojos o los pobres con sus problemas", allá ellos. La riqueza no dura eternamente, y si no hay un Estado que mantenga artificialmente su monopolio de la riqueza (concesiones, subvenciones, privatizaciones para empresarios amiguetes), algún día tomarán una mala decisión de inversión, y se descapitalizarán. Y se arruinarán. Y solicitarán, desolados, que se les ayude. Y las personas, que no somos crueles monstruos como quieren hacernos creer, podemos ayudarles. Cuando recuperen su suficiencia financiera, pagarán a los ciudadanos (ya que no han contribuido con impuestos anteriormente) los gastos de su rescate como consecuencia del contrato social. Y entonces podrán volver a desentenderse de los pobres, poniendo a prueba la paciencia de sus conciudadanos; o abrir los ojos y contribuir al bienestar social.

Y aquí concluyo esta parrafada diciendo: este paso que se ha dado es importante, pero no definitivo. El escalón, la última instancia, debería ser una nueva Transición ciudadana donde todas las dimensiones de la libertad que he mencionado entrasen en comunión. Que el poder político, autocrático y burocrático, fuese subsidiario, y que los ciudadanos pudiésemos elegir libremente el sistema de organización que nos parezca más adecuado, o que más nos compense seguir. Pero siempre con la igualdad de oportunidades y la libertad como bandera. Y yo, humildemente, creo que ésto es posible conseguirlo entre personas de cualquier ideología no extremista ni genocida. Porque como he mencionado, ambos bloques ideológicos abrazan la libertad, pero sólo fragmentariamente; y el siguiente paso debe ser que la extendamos a todos los ámbitos, y después cada grupo humano elija libremente y sin imponer siquiera a la minoría (salvo que lo acepten voluntariamente porque les compensa) nuestras creencias, puntos de vista y opiniones sobre cada ámbito del saber. La libertad y la igualdad de oportunidades no son rivales, no caigamos en la trampa. Es posible unirlas, si tenemos la voluntad necesaria.

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