martes, 29 de marzo de 2016


EL PROBLEMA ESTÁ EN LA EDUCACIÓN


El título lo dice todo. Y con educación no me refiero a ceder el asiento a una persona mayor en el autobús o a dejar salir a los pasajeros del metro antes de entrar (aspectos también importantes, pero menos que el que voy a comentar). 
Dado que no soy pedagogo ni sociólogo, no voy a aburrir con multitud de datos y estudios relevantes. Me limitaré a aportar mi perspectiva subjetiva, para que todo aquel que discrepe pueda enriquecer el debate con sus propios argumentos mediante comentarios, si así lo desea.
Siempre que ocurre una tragedia (desahucio, atentado, crisis económica), o simplemente escucho deficiencias presentes en nuestra sociedad o más concretamente en el sistema educativo, me exaspero y me cabreo de una manera superlativa. En parte es causa de mi personalidad (me afecta mucho ver sufrir a otras personas, aunque no las conozca ni vivan en mi país), pero también he extraído una conclusión contundente; la educación española, pese a haber solucionado graves problemas como el analfabetismo o la incultura científica, adolece de una serie de patologías (como si de un enfermo se tratase) que ocasionan un variado conjunto de visibles síntomas: desempleo, impotencia por falta de conocimientos técnicos o científicos, baja productividad, escasa y volátil renta familiar y personal, pervivencia de prejuicios raciales y de género impropios de sociedades ilustradas y avanzadas, creencia en que los políticos de uno y otro bando que llevan décadas saqueándonos nos van a salvar de la crisis...etc. Las patologías principales que yo observo (hay muchas más, por supuesto) son las siguientes:
  • Falta de motivación de todos los agentes que participan de ella, Profesores, estudiantes, psicólogos, padres... La desgana y la falta de incentivos que padecen los profesores les impide muchas veces ser creativos y preocuparse de la adecuada asimilación de conocimiento por parte de cada alumno, y disfrutar de algo que debería ser vocacional; los estudiantes perciben mayoritariamente la educación como un mal necesario, una condena inevitable que les roba gran parte de su tiempo de ocio (y a los que les gusta estudiar alguna materia se les estigmatiza como empollones, raritos o cosas peores); los psicólogos son incapaces muchas veces de entender los problemas que sufren los alumnos al no estar originados únicamente por aspectos internos del estudiante, o de conciliar los intereses de familia, colegio y paciente (cuando no tienen más problemas que sus propios pacientes, que también los hay). Y por último los padres, como resultado de un bucle que procede de las antípodas de la historia (sistema educativo en muchos casos poco modernizado, heredero de la educación militar prusiana), han sido educados en unos valores y de una manera que les dificulta entender y ayudar a sus hijos.
  • Modelo educativo público insostenible y adoctrinador. El propio concepto de la educación de prestación pública constituye per sé un freno al progreso y a la mejora de la sociedad. Su necesidad suele justificarse por la exigencia de universalidad, para favorecer que todas las personas puedan acceder en condiciones de igualdad a una formación académica estandarizada sin discriminaciones por razones económicas o sociales. Sin embargo lo único que extraigo de esta exigencia totalmente razonable es que es legítima la existencia de una especie de seguro público, sufragado con los impuestos (infinitamente más bajos que hoy en día) que permita a aquellas personas que no puedan costearse una educación por sus propios medios poder disfrutar de ella. Podemos discutir la posibilidad de que sea el sector privado el que canalice estos mecanismos por medio de préstamos y donaciones, incluso de financiación empresarial, pero bien. Por si no alcanzase con éso, puede haber un esfuerzo colectivo (y coactivo) para compensar los puntuales fallos de mercado que se puedan producir. Pero ese manido argumento no legitima ni hace más tolerable que todos los ciudadanos, con independencia de nuestro nivel de renta, debamos sufragar obligatoriamente una educación que en muchos casos no se utiliza apenas, y que resulta ineficiente, está politizada y pretende igualar injustamente a todos los niños.
  • Burocracia y rigideces. Como todo lo que tocan las Administraciones Públicas (son el Rey Midas del papeleo) el funcionamiento y organización de los centros educativos está repleto de protocolos innecesarios, trabajadores desmotivados, papeleo insulso y esfuerzos insuficientes de innovación y agilización. Y ésto no sólo afecta al sector público, sino que contagia al sector privado, en su interrelación con las Administraciones o en su propio desarrollo interno.
  • Riesgo de adoctrinamiento y politización: la técnica del rebaño. Metiéndonos en terrenos más sinuosos y controvertidos, la educación está sometida a la ideologización de quien la controla. En la educación privada tiene fácil solución (no me gusta la educación en valores religiosos, ergo evito matricular a mi hijo en un colegio católico), pero en la pública hay una total e impune exposición a que los contenidos académicos que se imparten estén sesgados y manipulados en favor del partido o ideologías predominantes en ese momento (concretamente, con desviaciones ocasionales hacia la izquierda, el consenso socialdemócrata actual). No cuestiono que haya muchas y meritorias excepciones, y que hay materias más proclives a la censura y a lo tendencioso que otras (el derecho más que la biología, por ejemplo), pero siempre suele aparecer la mano del político en todas las materias, Suele ser sutil y apenas perceptible, pero para cualquier persona medianamente crítica e informada saltan a la vista. La razón, entre otras, procede de que a muchos de nuestros políticos no les interesa fomentar el pensamiento independiente y el autodidactismo; no vaya a ser que nos hagamos demasiado inteligentes y autónomos y decidamos que ya no les necesitamos, o nos dediquemos a cuestionar sus decisiones.
  • Promoción involuntaria y subrepticia de lacras como la exclusión social, las depresiones infantiles y juveniles e, incluso, el acoso escolar. Y ello se consigue igualando forzosamente a todos los niños, pretendiendo orgullosamente que exista un modelo único y perfecto válido para todos los estudiantes. Esto es una falacia y un error imperdonable. Es necesario que existan escuelas y universidades especializadas en alumnos con deficiencias mentales, superdotación y altas capacidades o vocación temprana de desempeño de oficios (formación profesional); o al menos aulas o grupos de trabajo diferenciadas en cada centro que se centren en cada colectivo. Muchos niños con altas capacidades o minusvalías psíquicas sufren el desprecio o la indiferencia de sus compañeros, y ello puede culminar en finales trágicos que vemos, desgraciadamente, casi a diario. Por otro lado, cada alumno es un mundo; la mente humana es tan compleja, y la neurociencia ha avanzado tan poco en su comprensión, que cada alumno y cada padre ha de poder elegir individualmente qué modelo o sistema educativo se ajusta más a sus preferencias, necesidades y condiciones.
  • Corrupción y surgimiento de movimientos de respuesta, usualmente violentos o peligrosos. Los dirigentes educativos no están exentos de privilegios injustos y de comportamientos poco éticos, especialmente en la educación superior, y como reacción social pueden emerger movimientos radicales estudiantiles como Podemos y similares, con muchos adeptos adoctrinados entre sus filas que creen hallar la respuesta a todos sus problemas (sin darse cuenta de que sólo lo empeorarían). Aunque la protesta colectiva siempre es necesaria y respetable, nunca se puede tolerar la coacción o el uso de la violencia contra ningún estudiante o persona inocente.
  • Abandono de ideas como el pensamiento libre, la autocrítica, el emprendimiento, la tolerancia intelectual y social, el individualismo sano, el idealismo y el amor a la ciencia; y estímulo de otras como el colectivismo, la aceptación forzosa de injusticias, el respeto a normas sociales o legales aberrantes o inútiles, el victimismo y la confianza en el Buen Pastor Papá Estado, 
Por éstos y otros muchos motivos que seguramente me haya dejado en el tintero creo que, antes de indignarnos con las injusticias sociales y económicas que vemos y sufrimos a diario, reflexionemos. Pensemos si es posible que la ceguera intelectual de muchas personas ante el secuestro mental al que nos tiene sometidos el colectivismo (socialismo de todos los partidos) imperante se deba a que desde que nacemos nos implantan ese pequeño chip, ese condicionamiento que procede de hace generaciones, llamado educación politizada.














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