EL MACHISMO
Parece que le he cogido
el gusto a hablar de temas controvertidos. Pero me parecía necesario hacerlo, puesto
que es un tema de debate muy recurrente en nuestra sociedad.
Y desde el principio,
comienzo aportando mi visión personal. Considero que el hombre y la mujer,
igual que el negro y el blanco, son y deben ser tratados como iguales. Con
ello no pretendo decir que se les trate de igual manera pese a que sus condiciones
personales sean distintas, puesto que ello implicaría cometer igualmente una
discriminación; simplemente creo que ambos deben partir de unas condiciones de
igualdad, y que sean sus cualidades y no su género las que determinen su éxito
o fracaso.
Pese a que se han
producido notables avances en este ámbito, y la sociedad ha interiorizado la
necesidad de respetar a las mujeres, todavía persisten innumerables clichés que
en modo alguno se encuentran justificados. Es indudable que muchas personas,
pese a posicionarse como totalmente respetuosas con las mujeres, opinan que
éstas son inferiores física o intelectualmente a los hombres, sea de forma
mayoritaria o absoluta. Y pese a que sea cierto que biológicamente en muchos
casos el hombre medio posee una estructura muscular más robusta, ello no es más
que un promedio estadístico, con la superficialidad y arbitrariedad que ello
comporta. En realidad, una mujer no es mas inteligente o más débil que un
hombre exclusivamente por su género, puesto que puede entrenarse (física y
mentalmente) para superar a la mayoría de los hombres en cualquier aspecto, o
en ambos. Si solemos asociar la imagen de una persona fuerte con un cachas de
gimnasio, ello se debe simple y llanamente a las costumbres y hábitos machistas
imperantes en el pasado: estaba bien visto que el hombre ganase masa muscular
pero no la mujer, puesto que ello comprometía su feminidad y era interpretado
lamentablemente como síntoma de lesbianismo (entrando ya en el terreno de la homofobia); e incluso
años atrás, las mujeres vieron muy dificultadas sus posibilidades de recibir
estudios superiores en condiciones de igualdad respecto de los hombres
(recuérdese el ejemplo de Clara Campoamor, célebre política de la Segunda
República).
Otra lacra repugnante de
nuestra sociedad, la violencia de género, es una manifestación más de que por desgracia
todavía hay hombres que se creen investidos de autoridad para quitarles la vida
o mortificar a sus esposas, novias o hermanas si les estorban; todo ello sin
obviar que también hay violencia en sentido inverso, y entre parejas del mismo sexo. En
este caso opino que la Justicia debería ser plenamente imparcial, y no estar
predispuesta (como ocurre hoy en día) a dar la razón a una parte concreta y
pasarse por el forro el principio de la presunción de inocencia.
Sin embargo, no dejo de
observar con preocupación cómo determinados colectivos sociales (las señoritas de
FEMEN son el ejemplo más evidente) han radicalizado hasta el extremo esta
demanda social de la igualdad sexual, llegando a reivindicar e incluso a
materializar avances manifiestamente feministas (es decir, discriminatorios
contra el hombre). Si la solución al machismo es el extremo opuesto, es que los
humanos somos más tontos que un pie. El problema de fondo que subyace es que
este tipo de organizaciones utilizan un fin loable (defender y proteger el derecho
de las mujeres a ser tratadas por igual) con fines políticos y económicos. Las
mujeres que de verdad defienden esta premisa propia de un país civilizado son
las que día tras día se entregan en su jornada laboral, hacen su vida de manera
independiente como personas libres y luchan por que se reconozcan sus méritos
profesionales y personales. Son tanto las que van a hacer la compra y cuidan de
sus hijos, como las ejecutivas que presiden un consejo de administración o las
científicas que investigan la
cura contra funestas patologías. Porque son libres de elegir la vida que desean
llevar, dentro del margen de
libertad que toda la casta oligárquica que nos expolia nos permite disfrutar
(no podía evitar soltar una pulla de las mías).
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